domingo, 24 de enero de 2021

... "Y tejo una hamaca grande"...

 Aunque la protagonista de esta historia no teja "una hamaca grande, más grande que el Cerro e' Maco, como dice la canción de Adolfo Pacheco, ha aportado a lo largo de su vida dedicación para preservar un arte. Esta es una historia que se teje con un telar y mucho empeño.


                                            Sixta en sus labores diarias como tejedora

Por Elsy Beleño Cantillo

Decir que los sanjacinteros tienen un gen predispuesto para tejer, no es el resultado de un estudio científico divulgado en algún medio de comunicación, pero tampoco es una exageración. Simplemente es un modo de hacer alusión a la realidad de un municipio, de su idiosincracia y de las personas que la construyen diariamente con una lucha férrea de supervivencia.

Uno de esos ejemplos es Sixta Castro, una mujer de 78 años, quien desde hace 68 cambió las muñecas y  los " chocoritos", por una madeja de hilo, agujas y un telar, para de esta manera dedicarse a aprender un arte que desde el albor de su vida, la sedujo y enamoró locamente.

" Cuando mi mamá y tías tejían a mi me llamaba la atención, entonces me le paraba al lado para ver cómo entrelazaba el hilo para hacer las mochilas y hamacas", contó.

Sixta Mira Castro Arrieta nació en San Jacinto, un municipio ubicado en el Centro del departamento de Bolívar; fue en ese lugar de sol bravo, carente de agua, pero con olor a hierba fresca donde aprendió a usar los atravesaños, latas , varillas, elementos necesarios para hacer las hamacas. Labor que le ayudó al sostenimiento y educación de sus seis hijos y cinco nietos que quedaron huérfanos.

Sixta es de contextura gruesa, piel morena, temperamento jovial y afectusa, cuyo corazón se lo entrega sin reparos a un arte que no le corresponde de la misma manera.

" Uno si tiene práctica y se dedica por tiempo completo, es decir, que no cocine, lave, ni haga aseo u otro oficio, puede sacar un bolso, mochila, en un día y una hamaca en tres. Pero si uno lo coge por raticos puede demorar hasta una semana. Aunque, es más lo que uno demora haciendo esto, que lo que gana. Este oficio no paga bien y por eso mucha gente se desanima y lo deja, pero yo no hago eso porque le tengo amor a este arte, porque es un arte ".

Sus hijos reconocen la pasión que le imprime a su labor
" La única manera que ella deje de tejer es que esté enferma", expresó uno de sus retoños.
Su entusiasmo ha sido contagioso, ya que sus 'herederos' han aprendido a tejer, siendo su hijo mayor quien más tiempo le dedica.


                                     Artesanías del municipio de San Jacinto, Bolívar


Los tejidos de Sixta han sido disfrutados en Holanda y España, países que han hecho pedidos. Pero en este último, contó Sixta, no correspondieron con dinero sino que el pago fue con hilo.
Aún así, ella no abandona el arte de tejer que desarrolla  en su vivienda, construída de concreto, cubierta con un techo bajo, cuyo patio inicia con un kiosko en donde se dedica a tejer, a la vez se refresca con el movimiento de sus plantas, que parecen bailar al ritmo casi interminable del cacareo de las gallinas.
Por no cambiar ese sencillo estilo de vida,  rechazó la propuesta de representar a un grupo de tejedores a Corferias en Bogotá para exhibir este arte.

Pero, Sixta, ¿ por qué no quiso ir?
Con una tímida sonrisa en donde deja ver su perfecta dentadura, responde.
" Yo no voy a Bogotá porque me cuentan que allá hace un frío maluco y a mi no me gusta el clima así".
Sixta es un ejemplo de tenacidad, amor al arte y la cultura, labor que abandonará "cuando Dios me llame para estar a mi lado".




                   

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